Introducción
Algunas personas miran la naturaleza como un recurso que puede utilizarse. Otras la contemplan como una obra que merece admiración.
Pero hubo un hombre que dio un paso más: llegó a llamar hermanos y hermanas a los animales, a los árboles, al agua, al viento y hasta al sol.
Aquel joven era Francisco de Asís.
Su manera de relacionarse con la creación no nacía de una idea romántica, sino de la profunda convicción de que toda vida procede del mismo Creador.
📖 Inspirado en
“Las Florecillas de San Francisco”, capítulo XVI (tradición franciscana).
El relato
Cierta mañana, Francisco caminaba junto a algunos de sus compañeros por un sendero entre campos y olivares.
Mientras avanzaban, observaron una gran bandada de aves reunida sobre la hierba y las ramas de unos árboles.
Había palomas, gorriones, alondras y pequeñas aves de distintos colores.
Francisco se detuvo.
Sonrió con la alegría sencilla que lo caracterizaba.
—Esperadme un momento —dijo a sus hermanos.
Se acercó lentamente.
Lo sorprendente fue que las aves no huyeron.
Permanecieron allí, como si también ellas esperaran aquellas palabras.
Francisco comenzó a hablarles con dulzura:
—Hermanas aves, mucho debéis alabar a vuestro Creador. Él os dio plumas para cubrir vuestro cuerpo, alas para volar y el cielo como camino. Os alimenta sin que sembréis ni cosechéis y cuida de vosotros con inmenso amor.
Mientras hablaba, las aves permanecían tranquilas.
Algunas inclinaban la cabeza.
Otras extendían sus alas como si participaran de aquella alabanza silenciosa.
Cuando terminó, Francisco hizo sobre ellas la señal de la bendición.
Solo entonces levantaron el vuelo.
El cielo se llenó de alas.
Y el santo permaneció contemplándolas con una profunda gratitud.
Más tarde comentó a sus compañeros:
—Desde hoy procuraré recordar que toda criatura puede enseñarnos algo del amor de Dios.
La enseñanza
Con frecuencia hablamos de proteger la naturaleza porque la necesitamos.
Francisco fue mucho más lejos.
Aprendió a respetarla porque comprendió que no era una posesión, sino una compañera de camino.
Cuando descubrimos que la tierra no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella, cambia nuestra manera de vivir.
Cuidar un árbol.
Evitar el desperdicio.
Respetar a un animal.
Contemplar un amanecer.
Todo ello puede convertirse en una forma de gratitud.
La creación no solo nos ofrece recursos.
También nos recuerda, cada día, la belleza del don de la vida.
Simbología
🐦 Las aves representan la libertad, la confianza y la armonía con la creación.
🌿 El campo simboliza el hogar común que compartimos con todos los seres vivos.
🕊️ El vuelo recuerda que toda criatura responde, a su manera, al llamado de la vida.
☀️ La bendición representa la mirada de respeto y gratitud que transforma nuestra relación con la naturaleza.
Para reflexionar junto al pozo
- ¿Cuándo fue la última vez que contemplé la naturaleza sin prisa?
- ¿Cómo cuido la “casa común” en mis pequeñas decisiones cotidianas?
- ¿Qué puedo aprender de la sencillez con la que viven las demás criaturas?
- ¿Transmito a los niños el respeto por toda forma de vida?
- ¿Cómo puedo agradecer hoy el regalo de la creación?
🌿 Palabra para el camino
“Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas.”
— San Francisco de Asís (“El cántico de las criaturas”)
El pozo sigue aquí. Cuando lo necesites, vuelve a él.
🌿 Junto al pozo quedan otros relatos… El colibrí y el incendio.
⬅️ El sendero por el que llegaste… (Los dos lobos)





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